Duelos, dolores, temores: Vivir buscando señales de esperanza
Quedé
huérfana de padre entrando a la adolescencia y por ello sé lo difícil que es el estado de orfandad. Aun
cuando mamá procuró llenar ese vacío, siempre eché de menos la presencia de mi
padre y los momentos a su lado. Durante mucho tiempo añoré todo aquello; ahora lo vivido junto a él forma parte de mis
buenos recuerdos.
Comienzo
haciendo una reflexión sobre mi propia experiencia de ser huérfana porque,
desde hace algunos días, la frase de Jesús ha estado dando vuelta en mi cabeza:
“No os dejaré huérfanas, vendré a vosotras”. Y es que Jesús tiene que haber
leído en los ojos de sus discípulos y discípulas esa sensación de abandono, de
inconmensurable soledad. Conforme les hablaba de su pronta muerte, resurrección
y partida, seguramente, los discípulos y discípulas evidenciaban una profunda
tristeza.
Se
avecinaba el duelo. ¿Qué sucederá cuando ya no esté aquí? ¿Volverían a lo mismo
que vivían antes de conocerlo, de que tocara sus vidas con su propuesta de vida
abundante?
Por eso tiene que infundirles seguridad, paz,
fuerza, certeza, de que estaría siempre a su lado. La frase hecha promesa sale
de lo más profundo de su corazón: “No os dejaré en orfandad..."
Esa
promesa, que empezó a ser realidad desde el día mismo de la resurrección cuando
Jesús se encontró con ellos y ellas “y, poniéndose en medio les dio su paz,
sopló el Espíritu y les envió” (Juan 20: 19-22); y que más tarde se evidenció
en forma por demás extraordinaria, en el día de Pentecostés; fue la que mantuvo
viva la esperanza de aquellos discípulos y discípulas. Sí, la presencia del
Espíritu Santo es la seguridad que tiene cada cristiano y cristiana, de que no
se vive en orfandad sino en su compañía real, transformadora, constante y
tierna.
En estos
tiempos donde tanta gente tiene que atravesar soledades, temores, enfermedades,
incertidumbres y las tan dolorosas despedidas ante la muerte, ¡Cómo necesitamos, los cristianos
y cristianas recordar la promesa de Jesús y aferrarnos a la presencia del
Espíritu Santo! Seguramente nada será igual a como lo conocimos, tendremos que
aprender a vivir tal vez sin una persona amada, atravesaremos espacios nuevos,
desconocidos y muchas de nuestras seguridades habrán desaparecido.
En medio de
constantes angustias, donde la primera
sensación que tenemos es la de sentirnos solas, solos, en orfandad, ayudémonos
a encontrar las señales de Su Presencia; seguramente están cerca: en esa amiga, en esa hermana, en los ojos de la niñez, en la mirada de alguien amada, en los tiempos de oración, en quien extiende sus manos para darme la oportunidad de compartir.



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